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‘Cuanto más abierta, más dinámica y más incluyente es una sociedad, menos integrable resulta el programa máximo de cualquier nacionalismo en su seno; cabe abandonar por tanto cualquier esperanza de resolver el conflicto entre naciones cívicas y protonaciones secesionistas de base cultural mediante una política de concesiones más o menos generosa, como la que mantuvo el turno político canadiense liberal-conservador hasta los años noventa. No es el único caso en el que la sucesión de concesiones a las fuerzas identitarias ha contribuido a fortalecer a sus élites dirigentes sin integrar a sus bases en la comunidad política común: los casos de Bélgica, y también la experiencia española, son en ese sentido ilustrativos’.

Las elecciones generales de Canadá celebradas el pasado día 2 de mayo han supuesto un revés histórico para el secesionismo quebequés. Tal y como informaba LA VOZ DE BARCELONA, el Bloque Quebequés (BQ), principal partido secesionista que concurre a las elecciones federales canadienses [1], ha perdido más de un 60% de los votos de la anterior convocatoria entre 2008 y 2011 el equivalente a más de un 60% del porcentaje de su apoyo actual, obteniendo tan sólo 4 de los 75 escaños en la Cámara federal de los Comunes y la confianza de menos del 25% de los electores [2].

El Bloque, que desde su irrupción en la Cámara en 1993 había sido invariablemente la primera fuerza política de la provincia de Québec, se ha visto ampliamente rebasado por los socialdemócratas federalistas del Nuevo Partido Democrático (NPD/NDP), que han obtenido el 43% de los votos en Québec y 59 escaños. Tras veinte años de hegemonía electoral indiscutida en los escaños federales de la provincia francófona, la formación soberanista se enfrenta a un riesgo tangible de desaparición o marginalización.

I – Un modelo para el nacionalismo catalán

Los ecos del descalabro rebasan las fronteras de Canadá porque el nacionalismo de Québec es probablemente el movimiento secesionista más poderoso, mejor organizado y con mayor capacidad de liderazgo de las democracias occidentales consolidadas. Como tal, ha sido frecuentemente tomado como espejo, modelo y referente de movimientos nacionalistas e independentistas en diversas partes de Europa, empezando por Cataluña.

El nacionalismo catalán, en efecto, se ha inspirado a lo largo de los últimos treinta años en el modelo quebequés para diseñar su propia estrategia de construcción nacional, homogeneización identitaria y desconexión del resto de España. La política lingüística catalana, inspirada en la famosa loi 101 promulgada por el gobierno secesionista provincial de Québec en 1977, así como la propia inmersión lingüística obligatoria en la educación, son algunas de las importaciones más ilustres que el nacionalismo catalán debe al movimiento secesionista quebequés.

Parte de esa voluntad de emulación se ha podido visualizar en el interés del nacionalismo catalán, tanto en la fase autonomista del pujolismo como en la actual fase de ambigüedad soberanista, por establecer paralelismos históricos y cultivar símiles entre la situación de Québec y Cataluña, o entre Canadá y España. Tales símiles tienen, sin embargo, escaso recorrido cuando se examinan con una cierta perspectiva, tanto en términos históricos como sociolingüísticos o identitarios.

Canadá es un Estado de origen colonial, surgido en 1867 de la confederación de diversas colonias fundadas por dos naciones europeas, Inglaterra (Newfoundland, Tierra de Rupert, Nueva Escocia, la Isla del Príncipe Eduardo) y Francia (Nueva Francia, la actual Québec). Esta distinta procedencia nacional explica, entre otras cosas, la desigual distribución del inglés y el francés a lo largo del país [3], y está en el origen de buena parte de las tensiones identitarias que ha soportado a lo largo de su consolidación el Estado canadiense, que es, además, muy reciente [4] en comparación con el Estado-nación español.

Contribuye a explicar, igualmente, el arraigo en Québec de un movimiento secesionista francófono que desde mediados de los años setenta ha disfrutado de unas cotas de apoyo popular de entre el 35% y el 50%, muy lejos de los niveles de apoyo que el independentismo registra en Cataluña (apenas un 12% de los votantes apoyaron en las últimas elecciones autonómicas una formación explícitamente secesionista, ERC, Solidaritat o Reagrupament). Estos elevados niveles de apoyo han permitido al movimiento secesionista de Québec formar gobierno en la provincia en los períodos 1976-1985 y 1994-2003 y desarrollar largamente su programa político, que incluyó la organización de dos referendos sobre la secesión de la provincia (en 1980 y 1995), el último fracasado por escaso margen.

II – Naufragio soberanista, marea socialdemócrata

En estas condiciones, el naufragio del Bloque en las últimas elecciones federales representa un momento crítico, de inflexión, en la evolución del secesionismo. El descalabro bloquiste se suma a otros síntomas, menos espectaculares pero igualmente significativos, que indican que la cuestión identitaria en Québec puede haber tocado fondo y empieza a ser desplazada del centro del debate político.

Muestra de ello es el hecho de que el principal beneficiario de la desbandada bloquiste haya sido el Nuevo Partido Democrático, cuyo éxito ha sorprendido incluso en sus propias filas. El NPD, un partido socialdemócrata y federalista con escasa presencia en el Parlamento federal (su mejor resultado hasta ahora se remontaba a 1988, cuando obtuvo 43 escaños sobre 308 en la Cámara federal de los Comunes), ha conseguido en esta ocasión afirmarse ante los electores como una alternativa firme, de izquierdas y no identitaria al establishment formado por el binomio de liberales y conservadores que históricamente ha dominado el panorama político canadiense, a nivel federal, y la hegemonía separatista, a nivel provincial. Además de su éxito en Québec, donde ha desplazado a los secesionistas como primera fuerza, el NPD se ha convertido en el primer partido de oposición federal (official opposition) al gobierno conservador, con más de un 30% de los votos y 102 escaños, muy por delante de los liberales (18,9% de los votos, 34 escaños).

La transferencia de voto en Québec entre el BQ, secesionista de orientación socialdemócrata, y el NPD, procedente de la tradición socialista democrática, federalista y a veces acusado de centralista canadiense, sugiere que los votantes han priorizado en esta ocasión el voto ideológico sobre el voto condicionado por la adscripción identitaria. Ante un Bloque Quebequés incapaz de salir de su rol de lobby y representante secesionista en unas instituciones federales en las que no cree y en las que no está dispuesto a participar activamente, los ciudadanos progresistas de Québec han preferido apoyar a una formación capaz de construir y eventualmente liderar un proyecto socialdemócrata para Canadá.

En ese sentido, el éxito del NPD radica en su capacidad para articular una propuesta electoral abierta a todos los canadienses progresistas, francófonos y anglófonos, que se sale de la dinámica de la imposición de una identidad sobre otra y va más allá. Una propuesta electoral que defiende y asume como propia la diversidad lingüística y cultural en la Federación pero que, sobre todo, esboza una concepción de la política centrada en las personas y en la resolución de sus problemas, tan ajena por tanto a las estériles controversias entre las élites bipartidistas como a la utilización de las instituciones para azuzar la confrontación identitaria entre iguales. De la capacidad de los líderes del NPD para mantener su acción política a la altura de estas esperanzas dependerá, en buena parte, su consolidación a medio plazo.

La marea socialdemócrata podría extenderse a los comicios provinciales de Québec, previstos para el año 2012. Débilmente implementado en la provincia hasta la elección en 2003 de su actual líder, John Layton, el NPD no ha concurrido en las últimas convocatorias provinciales. De hacerlo en las próximas, podría atraer el voto de buena parte del electorado sociológicamente de izquierdas, un segmento en el que el Partido Quebequés (PQ) ha mantenido una cómoda hegemonía hasta la fecha.

La emergencia de la izquierda no nacionalista del NPD en la provincia podría desestabilizar el sistema político provincial de Québec, con especial impacto sobre el PQ. En efecto, el partido separatista se ha beneficiado históricamente de una doble posición privilegiada (como uno de los dos partidos del turno provincial, junto con el Partido Liberal; y como mayor principal partido de una izquierda sociológica carente de referente político no identitario) que podría verse amenazada por la irrupción socialdemócrata en la Asamblea Nacional (provincial) de Québec.

III – Una evolución con altibajos desde el referendo de 1995

El empuje socialdemócrata ha situado al Bloque al borde del extraparlamentarismo y ha abierto en el conjunto del soberanismo quebequés una crisis sin precedentes que podría reducir drásticamente su protagonismo político en el futuro de Québec. Entre el momento de máxima movilización soberanista, que coincidió con la organización del referendo de 1995, y la actual situación de derrumbe, la evolución de las fuerzas secesionistas ha sufrido numerosos altibajos. Más allá de oscilaciones coyunturales, sin embargo, el movimiento soberanista acusa el progresivo hartazgo de la sociedad quebequesa con una estrategia de permanente tensión y confrontación identitaria, estéril y costosa, que absorbe las energías cívicas sin ofrecer resultados tangibles a la inmensa mayoría de los ciudadanos de la provincia.

Evolución del voto popular a las formaciones secesionistas (Partido y Bloque québécois) en las convocatorias electorales (provinciales y federales, respectivamente). Fuente: Élections Canada / Elections Canada, administración federal electoral canadiense.

El fracaso por la mínima del referendo secesionista de 1995 (49,4% de votos a favor de la separación, 50,6% en contra) marcó no sólo el colapso de la estrategia soberanista, sino también el momento de máxima polarización identitaria en Québec y en el conjunto de Canadá. Tras el referendo, el gobierno federal liberal canadiense, bajo el impulso del entonces ministro de Asuntos Intergubernamentales, Stéphane Dion, lideró la llamada política de la claridad [5], con la que no sólo obligó a los secesionistas a clarificar las condiciones en las que un hipotético tercer referéndum de secesión podría llevarse a cabo (concretadas en la Clarity Act o ley de claridad de 2000), sino que además planteó una ofensiva ideológica a favor del federalismo en Canadá.

Tal ofensiva tuvo la virtud de movilizar las fuerzas federalistas del Canadá anglófono y los sectores no nacionalistas de Québec en defensa de la Federación, pero al mismo tiempo sirvió para cohesionar internamente al movimiento separatista francófono ante lo que se vivió como una agresión contra los elementos diferenciales del Québec. La resolución del Tribunal Supremo canadiense sobre la legalidad de una eventual declaración unilateral de independencia de Québec de 1998, la I Conferencia Internacional sobre Federalismo celebrada en Mont Tremblant en 1999, y los debates públicos de Dion con varios dirigentes secesionistas, fueron algunos de los hitos principales de la estrategia federalista. A finales de 1999, el apoyo a la secesión de Québec había descendido a mínimos históricos, en torno al 24% de la población.

Desde entonces, pese a haberse producido oscilaciones en el apoyo a la secesión y el respaldo a las formaciones secesionistas [ver cuadro adjunto], la cuestión identitaria ha sido progresivamente apartada del centro del debate político en Québec. Según encuestas recientes, una amplia mayoría de quebequeses (58%) consideran que el debate sobre la soberanía está “obsoleto”, y sólo un 24% se declaran soberanistas por encima de todo. Pese a que el porcentaje de ciudadanos que votarían a favor de la soberanía de la provincia en un hipotético referendo es algo mayor, y se mantiene relativamente estable en torno al 36% de la población, la adscripción identitaria y sentimental parece estar perdiendo relevancia en las decisiones políticas de los ciudadanos de Québec tras haber dominado la política provincial –y buena parte de la política federal– durante cerca de dos décadas.

El sorpasso del NPD en las últimas elecciones federales en Québec es, quizá, el indicador más elocuente de este proceso de pérdida de importancia del factor identitario en la vida política quebequesa.

IV – La nación cívica frente a las tensiones nacionalistas

De confirmarse esta tendencia, la sociedad quebequesa y el conjunto de la sociedad canadiense podrían estar encaminándose hacia la superación de la hegemonía identitaria en el debate político, lo cual representaría una derrota más profunda y de mayor alcance para el movimiento soberanista que el varapalo electoral del Bloque Quebequés. En realidad, supondría el triunfo gradual, no exento de dificultades ni de riesgos, del paradigma de la nación cívica y abierta que encarna, en este caso, la federación del Canadá, frente al modelo de nación cerrada, de base étnica, cultural o lingüística que nutre la utopía de cualquier movimiento secesionista o de horizonte secesionista.

Entre la nación que reclama un espacio político propio y excluyente en base a un determinado rasgo identitario (lingüístico, por ejemplo) de sus miembros, y la nación entendida como comunidad política en la que se puede participar cívica y políticamente independientemente de las identidades en las que cada cual se reconozca, los votantes de Québec parecen haber tomado partido en las últimas elecciones por desligar su derecho a la intervención cívica y política en la Federación de sus propias circunstancias identitarias, lingüísticas o culturales. Han rechazado así seguir votando testimonialmente en función de su identidad francófona (quebequesa), y han optado, en buena parte, por participar plenamente en la conformación de un proyecto político cercano a sus intereses y sus convicciones, el socialdemócrata en este caso, capaz de actuar a nivel federal.

Una perspectiva más amplia sobre la evolución del secesionismo y el federalismo en Québec y Canadá proporciona algunos elementos de reflexión que vale la pena señalar. Contra la impresión que a veces domina en España, la experiencia canadiense muestra que los procesos de radicalización y fragmentación identitaria no tienen nada de fatal ni de inevitable. Al contrario, es posible contenerlos y doblegarlos tanto social como políticamente.

Para ello, sin embargo, es necesario que a las dinámicas nacionalistas, y a sus aspiraciones de construir sociedades (sea en Estados independientes o en compartimentos estancos en Estados mayores) excluyentes, aisladas e identitariamente homogéneas, se les oponga democráticamente un proyecto cívico nacional, abierto, incluyente y con vocación de futuro, sea el de la Federación Canadiense o el de la España constitucional. Pero esta confrontación democrática entre la fragmentación nacionalista y la nación cívica debe darse a la luz del día, en toda su extensión y en toda su profundidad, sin esquivarse ni adulterarse con tratos a media luz.

Cuanto más abierta, más dinámica y más incluyente es una sociedad, menos integrable resulta el programa máximo de cualquier nacionalismo en su seno; cabe abandonar por tanto cualquier esperanza de resolver el conflicto entre naciones cívicas y protonaciones secesionistas de base cultural mediante una política de concesiones más o menos generosa, como la que mantuvo el turno político canadiense liberal-conservador hasta los años noventa. No es el único caso en el que la sucesión de concesiones a las fuerzas identitarias ha contribuido a fortalecer a sus élites dirigentes sin integrar a sus bases en la comunidad política común: los casos de Bélgica, y también la experiencia española, son en ese sentido ilustrativos.

En la experiencia canadiense, por último, es significativo constatar que ha sido el auge de un tercer partido, de izquierdas, ajeno al bipartidismo liberal-conservador y al establishment canadiense, el que ha infringido a los secesionistas su derrota más contundente. El éxito socialdemócrata desafía a la vez al bipartidismo federal y a la hegemonía separatista en Québec, dos polos de poder en aparente tensión permanente pero que han coexistido y se han acomodado hasta constituir distintas manifestaciones de un solo equilibrio de poder, que recuerda al triángulo que en la España de hoy forman PSOE, PP y el poder nacionalista periférico.

En conjunto, la nueva izquierda no nacionalista representada en Canadá por el Nuevo Partido Democrático representa un proyecto cívico nacional que resulta inseparable de un compromiso con la renovación democrática y la reinvención de la política. Un proyecto nacional que es superior al de la nación nacionalista porque, al contrario que ésta, incluye a todas las identidades presentes, sin excluir a –ni construirse contra– ninguna de ellas. Y un compromiso democrático con la oxigenación de sistemas políticos excesivamente replegados sobre sí mismos, cuya propia endogamia y opacidad acaba aliándose, con frecuencia, con el enquistamiento de conflictos identitarios perpetuos, reales o imaginados, con el auge de los populismos y el descrédito de las instituciones. Síntomas, en el fondo, de un fenómeno de desconexión de la política y la ciudadanía –y sus problemas– que constituye ya la amenaza más profunda y más acuciante contra la democracia en las sociedades avanzadas.

Este artículo está firmado por Juan Antonio Cordero, matemático y miembro de Ágora Socialista e Impulso Ciudadano, y Eric Guntermann, politólogo de la Cátedra de Estudios Electorales de la Universidad de Montreal

[1] El secesionismo quebequés se organiza políticamente a través de dos formaciones que actúan en ámbitos distintos pero comparten programa y electorado: el Bloque Quebequés (BQ), que concurre a las elecciones legislativas federales y tiene representación en la Cámara federal de los Comunes; y el Partido Quebequés (PQ), que concurre a las elecciones legislativas provinciales y tiene representación en la Asamblea Nacional (provincial) de Québec.

[2] Como en otros países de tradición anglosajona, el sistema político canadiense tiene un marcado sesgo bipartidista. A ello contribuye un sistema electoral uninominal, mayoritario y a una sola vuelta, en el que el escaño correspondiente a una circunscripción es asignado al candidato que llega en primer lugar (first-past-the-post). Esto produce, en ocasiones, enormes discrepancias entre los porcentajes de voto y los porcentajes de escaños.

[3] En Canadá coexisten dos comunidades lingüísticas diferenciadas y con escasa superposición, la francófona y la anglófona. Las antiguas colonias británicas son prácticamente monolingües en inglés (el Canadá anglófono); pero en Québec el francés es muy mayoritario. La minoría anglófona (en torno al 8% de la población) se sitúa sobre todo en la zona metropolitana de Montreal. Se puede observar la diferencia con el caso español, donde los castellanohablantes son mayoritarios en todas las regiones (también en las seis CCAA con lengua co-oficial) y donde, además, el castellano es común (conocido y hablado) por la práctica totalidad de los ciudadanos, al margen de que éstos sean hablantes de otra lengua co-oficial. Para una comparativa más exhaustiva de los casos de Québec y Cataluña, cf. Eric Guntermann, La résistance au nationalisme linguistique. Une comparaison entre le Québec et la Catalogne, Sciences-Po Paris, 2009.

[4] La emancipación definitiva de Gran Bretaña (aunque manteniendo la Jefatura de Estado en la persona de la Reina de Inglaterra, así como la pertenencia a la Commonwealth) y el reconocimiento de la plena soberanía de Canadá (con el traslado, o patriation, de la Constitución a territorio canadiense) no se produce hasta una fecha tan tardía como 1982, más de un siglo y medio después del inicio de la historia constitucional española, inaugurada en 1812 con la obra constituyente de las Cortes de Cádiz.

[5] Sobre la política de la claridad, cf. Stéphane Dion, La política de la claridad. Discursos y escritos sobre la unidad canadiense, Alianza Editorial, 2005.

Puedes ver el artículo de opinión publicado en La Voz de BCN