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por Carlos Silva

Esta semana, un periodista con evidentes intenciones aviesas interrogó al presidente autonómico, Artur Mas, sobre cuál sería su voto en un improbable referéndum secesionista, considerando que la anhelada independencia dejaría a Cataluña fuera de la Unión Europea. Mas, de bolos por Europa, se puso, una vez más, estupendo y contestó con su retórica cada vez más retorcida que ni sí, ni no, ni todo lo contrario. En su crónica,el medio que da cobijo a este escrito intentó, no sin esfuerzo y en su habitual línea sensata y rigurosa, seguir el hilo de la parte más inteligible de su discurso para destilar una información mínimamente racional. Para ello, hubo de dejar de lado buena parte del ruido blanco que ininterrumpidamente emite este icono de nuestra política regional. Las declaraciones de nuestro presidente autonómico son como un zumbido, denso e incesante, que ya no nos deja percibir con claridad nuestros propios pensamientos. Un ruido dirigido, sin duda, a anular nuestra capacidad de razonamiento, dejándonos inermes, en actitud de manos caídas a la espera de la siguiente andanada. Son, sin embargo, algunas de estas declaraciones residuales, no reproducidas por nuestros cuerdos redactores, las que suelen dar la exacta medida del disparate en el que piratas políticos como Mas han convertido nuestra realidad cotidiana.

Contestaba el presidente autonómico a una pregunta tan clara como si él votaría sí a la independencia si ello supusiera que Cataluña saliese de la Unión Europea que no aceptaba el planteamiento de la pregunta, y que no lo hacía por no contestarla, sino porque “no puedo afirmar con rotundidad que pasará una cosa determinada y tampoco se puede afirmar la contraria, porque no ha pasado”, para añadir en tono admonitorio que “ustedes [los periodistas] pueden especular mucho sobre eso, pero la verdad es que éste es un caso -el de Cataluña- que no se ha producido”.

Dejando a un lado la sintaxis contorsionada, nerviosa, desesperada, de culpable pillado con las manos en la masa, la frase me parece fascinante y de un tremendo calado filosófico. Viene a afirmar Mas que por el evidente hecho de que, en la secuencia temporal, las consecuencias son siempre posteriores al acto que las provoca, uno no puede obrar, opinar o manifestarse en relación a la bondad o maldad, conveniencia o inconveniencia de sus actos, ya que las consecuencias de estos no existen hasta que el acto no se ha producido. Esta aportación tajante, con un par, se podría decir, del presidente autonómico, una auténtica carga de profundidad en los cimientos de nuestra percepción de la realidad, no ha sido, a mi parecer, suficientemente valorada. Llevémosla, para apreciar su alcance, al terreno de nuestra experiencia cotidiana.

Propone el líder que nos ha de conducir a un nuevo amanecer dorado que en todas nuestras decisiones diarias, desde las más humildes a las más transcendentes (¿tiene sentido hablar de transcendencia en el nuevo marco de conocimiento urdido por Mas?), debemos actuar impulsados por nuestra mera voluntad, capricho o apetencia, pues lo que ha de venir después de nuestros actos lo desconocemos y, por definición, aún no ha pasado, por lo que es un entretenimiento de ociosos andar perdiendo el tiempo en pensar si lo que hacemos será bueno o malo para nosotros, o estará bien o mal en términos generales. Los planteamientos de Mas son, a todas luces, revolucionarios para el género humano, poniendo en peligro, de ser aplicados, nuestra viabilidad como especie. El presidente autonómico se ha convertido en un empirista radical, un discípulo extremista y díscolo de David Hume, que viene a recordarnos que creemos que mañana saldrá el sol por puro hábito, pero que, en realidad, ¿quién sabe? Mañana, por definición, nunca llegará.

El desvarío plaga el discurso del presidente autonómico y ocupa cada uno de sus pliegues. Mas ha abandonado el marco de la lógica compartida, de lo normal, para entrar con paso firme en el territorio de la antilógica, de lo paranormal. Se siente suelto, no sé si a gusto, y ya nada le frena a la hora de afirmar cualquier cosa. Ya puestos, añadió en la misma rueda de prensa que veía “lógico que la UE todavía no tenga un posicionamiento sobre el proceso soberanista, porque todavía no ha habido una petición” por parte de Cataluña, pero que “un día u otro se tendrá que posicionar”. No importa lo que diga el vicepresidente de la Comisión Europea, Joaquín Almunia (“la parte segregada no es miembro de la UE”) o la portavoz del Ejecutivo comunitario, Pia Ahrenkilde (“un Estado independiente se convertiría, por el hecho de su independencia, en un país tercero respecto a la Unión y desde el momento de la independencia no se aplicarían los Tratados en su territorio”), por mencionar sólo los posicionamientos más recientes. Mas ha entrado en esa fase delirante en la que sólo entiende lo que quiere entender y oye lo que quiere oír. Supongo que dada su reciente y creciente afición al genero epistolar, lo que quiere decir, en este caso, es que no se dará por aludido hasta que no escriba una carta a la Comisión y ésta, en su debido momento, le conteste, oportunamente, por escrito (aunque, siguiendo la lógica presidencial, uno se pregunte cómo alguien puede esperar al enviar una carta que está tenga una respuesta, pues ésta no existe hasta que no se ha recibido).

Toda esta retórica descabellada, esta manipulación de las ideas, este juego con el sentido común, podrían ser, en otra situación, hasta divertidos. En el contexto actual, es inevitable una sensación de desazón, de suciedad, de miedo a acostumbrarse a vivir en medio de una perversión sostenida de la realidad. La respuesta de los ciudadanos razonables es un impulso, una voluntad de combatirlos con dosis de sentido común, pedagogía, datos empíricos. Es el camino escogido por UPyD que en estos momentos trabaja en un documento y campaña sobre los costes de la no-España y que a principios del próximo año tiene previstas una serie de conferencias con personas relevantes sobre el significado y valor de formar parte de la Unión Europea. No obstante, como individuo es a veces inevitable tener la sensación de que hemos entrado en una fase de aceleración, de sinrazón, en la que el que está enfrente, embebido por el discurso secesionista no quiere escuchar, le da igual lo que le digamos, ya sólo se escucha a sí mismo.

Una de las manías más recurrentes del presidente autonómico en los últimos tiempos es la de las elecciones plebiscitarias. Como de costumbre, lo que quiere decir es lo que él entiende por unas elecciones plebiscitarias. Yo le diría que no se ponga nervioso, que tiene unas a la vuelta de la esquina, sin ir más lejos en mayo del año próximo y en relación a uno de sus ámbitos de mayor preocupación: las elecciones al Parlamento Europeo. Unas auténticas elecciones plebiscitarias en las que toda España como demarcación única, todos los votos con el mismo valor, sin importar el territorio, toda la nación española como sujeto soberano, opinarán sobre sus representantes. Será una oportunidad de oro para medir sus apoyos, su representatividad. Y ocurrirá en España y la Unión Europea, el campo de nuestra salvaguarda, de nuestros proyectos, de nuestras esperanzas.

Publicado en Crónica Global el jueves 3 de octubre