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En el caso catalán, ha acabado prefigurando una actitud social e institucional recelosa y defensiva, excluyente, ante la inmigración, cualquier inmigración

La extrema derecha antiinmigración ha podido presentarse legítimamente como heredera de la tradición nacionalista catalana y continuadora de sus esfuerzos por preservar la identidad catalana

Hasta hace relativamente poco, España parecía haberse mantenido a salvo de la marea derechista, populista e identitaria que desde hace años hace estragos en el resto de Europa. Mientras la reacción extremista, antiinmigración y populista de derechas prosperaba hasta el punto de condicionar gobiernos en países como Bélgica, Italia, Austria, Holanda, Francia o Finlandia, en España las formaciones afines a esta nueva generación de extremas derechas europeas seguían confinadas a la marginalidad y la irrelevancia política.

Esta excepción española tocó definitivamente a su fin en las elecciones municipales de mayo de 2011, cuando la formación xenófoba Plataforma per Catalunya (PxC), liderada por el ex militante de Fuerza Nueva Josep Anglada, se convirtió en una de las principales fuerzas políticas municipales de Cataluña por número de votos. Con la consolidación de PxC localmente, después confirmada por sus buenos resultados obtenidos en las elecciones legislativas de noviembre, la extrema derecha identitaria y antiinmigración irrumpe definitivamente en el paisaje político español. Y lo hace convirtiéndose en un actor político de relevancia en Cataluña, una de las Autonomías donde las formaciones ultraderechistas tradicionales han sido históricamente más débiles.

Un avance social, electoral y territorial sostenido

Los resultados son ilustrativos. En mayo de 2011, la Plataforma liderada por Josep Anglada pudo presentar lista en 108 municipios catalanes y consiguió representación en 41 de ellos, que incluyen varias ciudades grandes y medias del cinturón industrial de Barcelona (Badalona, Hospitalet de Llobregat, Cornellá de Llobregat), así como numerosas capitales comarcales del interior. Con un discurso estructurado en torno a los temas clásicos de la nueva ultraderecha europea -la amalgama entre inmigración, inseguridad y desempleo, la agitación de los temores sociales, económicos y culturales ligados a la globalización, la defensa de un repliegue identitario y la demagogia antipolítica-, PxC obtuvo entonces 67 concejales y más de 66.000 votos, convirtiéndose en la sexta fuerza política municipal por número de votos (séptima por número de concejales).

No se trata de un fenómeno repentino ni coyuntural

Es evidente que este tipo de populismos se benefician de la severa degradación de las condiciones sociales y económicas en los últimos años, tanto en España como en el resto de Europa. Pero el avance de la Plataforma registrado en las elecciones de mayo de 2011, aunque espectacular por su envergadura, se inscribe en una dinámica sostenida de crecimiento y consolidación que es electoralmente visible desde que PxC irrumpió en el Ayuntamiento de Vic hace dos legislaturas, y socialmente perceptible (sobre todo, en algunas zonas de elevada inmigración) desde finales de los años noventa, es decir, con anterioridad al estallido de la crisis.

Hasta la fecha, la estrategia de expansión social y electoral de la Plataforma per Catalunya se ha desarrollado sobre todo localmente. Sin embargo, PxC ha conseguido estabilizar un espacio electoral propio que se manifiesta también en los demás niveles representativos, como lo muestran los últimos resultados electorales autonómicos y nacionales. El hecho de que la presencia institucional de PxC se haya conseguido en las elecciones municipales, cuya propia dinámica local y descentralizada dificulta la implantación rápida de fuerzas políticas nuevas, refuerza la impresión que la Plataforma es reflejo de una corriente social persistente, dotada de un arraigo territorial y una infraestructura política en expansión que podría experimentar altibajos y mutaciones en su traducción institucional, pero de la que no cabe esperar que desaparezca con la coyuntura.

Territorialmente, el proceso de implementación de la Plataforma ha conocido tres grandes fases hasta la fecha. Tras ser fundada en Vic en 2001 (primero como Plataforma Vigatana, en 2002 rebautizada como Plataforma per Catalunya) por un antiguo militante del partido franquista Fuerza Nueva, Josep Anglada, natural él mismo de Vic, el partido obtuvo en 2003 representación en el Consistorio vigitano (7,5% de los votos, 1 concejal) y en otras cuatro localidades (El Vendrell, Manlleu, Cervera, Premiá de Mar) de la llamada franja de la Cataluña central e interior, entre la cordillera prepirenaica y la cordillera prelitoral. Una franja geográfica en la que PxC mejoró sus resultados y extendió su representación en un segundo tiempo, en las municipales de 2007. En una tercera fase, correspondiente a las elecciones de 2011, la Plataforma ha conseguido penetrar en los ayuntamientos de diversos e importantes municipios de la periferia industrial de Barcelona.

La solidez de esta presencia, a la vez social, electoral e institucional, sitúa a Plataforma per Catalunya como el actor más relevante y con mayor proyección nacional del muy fragmentado espectro ultra e integrista en España. Una situación de la que Josep Anglada es plenamente consciente, y que el partido espera capitalizar mediante una estrategia de expansión territorial por toda España, conPlataformas autonómicas afines federadas en una coalición nacional que ha sido recientemente presentada bajo el nombre de Plataforma por la Libertad (PxL) y podría convertirse, en caso de tener éxito, en la fuerza nacional dominante en el espectro extremista.

Este espectro quedó desarticulado tras el desmantelamiento del régimen franquista, la disolución jurídica del antiguo Movimiento Nacional y su desintegración efectiva en una multitud de pequeñas organizaciones y grupúsculos, pertenecientes a las distintas familias políticas de la ultraderecha autoritaria y clerical (fascistas, tradicionalistas, carlistas, falangistas) que habían constituido el soporte ideológico del franquismo.

A estas organizaciones más o menos ligadas, orgánica o sentimentalmente, con el franquismo, hay que añadir otras formaciones de fundación más reciente (a partir de los años noventa), orientación explícitamente xenófoba y vinculadas a los movimientos neonazis y extremistas europeos, como España 2000 o Democracia Nacional. Pese a tener también una incidencia electoral muy reducida y geográficamente muy localizada (en Valencia y Madrid, sobre todo), son estas formaciones las primeras que importaron en España los discursos antiinmigración de la extrema derecha europea, en un contexto de fuerte crecimiento de la inmigración en España.

Ha sido Plataforma per Catalunya la que ha conseguido modernizar el mensaje ultra, desvincularlo de sus connotaciones y referencias más agresivas -al menos en apariencia-, reformularlo en términos socialmente aceptables y aumentar así significativamente su eficacia, ensanchando cualitativamente su audiencia electoral y convirtiéndolo en un discurso político con capacidad real de influencia en la sociedad y en la clase política. Lo ha hecho, ciertamente, en un momento particularmente favorable para la emergencia de formaciones identitarias en toda Europa, con la ayuda de un contexto económico especialmente difícil, y en un territorio concreto y con una configuración sociopolítica muy peculiar dentro de España, como es Cataluña.

El primer éxito en España de la nueva ultraderecha europea

Plataforma per Catalunya centra su discurso en los temas clásicos de la extrema derecha populista: rechazo al extranjero, en particular el inmigrante musulmán; amalgama entre inmigración e inseguridad, entre árabes, musulmanes e islamistas; principio de preferencia nacional en el mercado de trabajo o en el acceso a los servicios públicos (sanidad, educación); lucha contra la supuesta islamización de las sociedades occidentales; obsesión por proteger la identidad colectiva (blanca, catalana y cristiana católica) amenazada por una supuesta invasión musulmana (y, en menor medida, suramericana); explotación de las angustias sociales (desclasamiento, globalización, deslocalizaciones) en un contexto de fuerte crisis social y económica; y denuncia indiferenciada de las élites dirigentes como cómplices necesarias de la globalización, los flujos migratorios y sus implicaciones (delincuencia, fragilización del Estado de bienestar, paro creciente por la competencia económica de los países emergentes). En lo relativo a la presencia mediática, la Plataforma ha conseguido existir sobre todo mediante campañas locales contra la construcción de mezquitas y la instrumentalización de los roces entre la población autóctona y la recién llegada, allí donde esta tiene una presencia significativa.

No se observan, en este sentido, grandes novedades en el núcleo del proyecto político de PxC. Se trata más bien de una importación adaptada y exitosa de temáticas y métodos ya empleados con éxito en el extranjero: el discurso y los elementos de lenguaje, incluso la estrategia desarrollada por la Plataforma desde su fundación, están fuertemente inspiradas en la de otras fuerzas populistas y xenófobas europeas, en particular el Frente Nacional (FN) francés. La Plataforma mantiene estrechos vínculos de colaboración con los principales representantes del espectro identitario europeo (el FN, pero también el FPÖ austriaco, la Liga Norte italiana o el partido separatista flamenco Vlaams Belang). De esta forma, PxC aspira a convertirse en el referente regional y nacional de esta Internacional de las derechas identitarias que se consolida en todos los rincones de Europa.

Crisis e inmigración: factores necesarios, no suficientes

Discursos antiinmigración como los de PxC están en la base del proyecto político de las derechas populistas y xenófobas en toda Europa, y explican en parte su éxito en regiones, ciudades y barrios populares con una fuerte presencia inmigrante. Sobre todo cuando estos se despliegan en un momento de depresión e incertidumbre económica, como el que hoy atraviesa España; momento en el cual la estigmatización de los inmigrantes tiene muchas posibilidades de calar entre una población local ya fragilizada.

La estigmatización populista opera en varios niveles que coinciden con los aspectos de mayor precariedad de la población local, presentando a los inmigrantes a la vez como competidores de losautóctonos desfavorecidos por las (menguantes) prestaciones sociales del Estado, como competidores de los trabajadores locales por los empleos de menor cualificación, como comunidad exógena portadora de una cultura o religión hostil y como causantes de una degradación de las condiciones de vida en los entornos y barrios compartidos con la población autóctona (inseguridad sobre todo, pero también otros efectos como ‘el ruido y el olor’ al que se refería Jacques Chirac en su famoso discurso de Orléans).

Sin embargo, la elevada concentración de inmigrantes en determinadas zonas del territorio catalán no explica completamente el éxito de PxC en Cataluña. Otras Autonomías tienen una población de origen extranjero más numerosa en términos relativos que Cataluña (15,7% de la población total), entre ellas la Comunidad de Madrid o la Región de Murcia (16,4%), la Comunidad Valenciana (17,2%) o las Islas Baleares (20,8%). En ninguna de estas regiones se ha producido un fenómeno político populista y xenófobo del alcance y las dimensiones de Plataforma per Catalunya. Incluso en la Comunidad Valenciana, donde se encuentran algunas de las zonas con mayor concentración inmigrante (sobre todo localizadas en la parte sur del litoral mediterráneo, según datos del INE, 2009), y donde la extrema derecha clásica ha estado históricamente más presente que en Cataluña, el discurso xenófobo y antiinmigración permanece, como se apuntaba anteriormente, relativamente marginalizado en la opinión pública y en las instituciones.

¿Por qué en Cataluña? El efecto del nacionalismo orgánico

Uno de los elementos diferenciales más obvios de Cataluña respecto a otras regiones con fuerte inmigración es la existencia de un movimiento nacionalista e identitario que, desde el restablecimiento de la democracia, ha sido hegemónico entre las clases dirigentes locales y frecuentemente decisivo en la vida política española. Ello ha condicionado la vida política local y ha tenido una influencia decisiva en la legitimación mediática, institucional y social de los discursos identitarios excluyentes. Por mediación del nacionalismo y los aparatos político-sociales, mediáticos e institucionales en los que este se apoya, la sociedad catalana se ha acostumbrado a observar con desconfianza y prevención todo aquello que pueda perturbar los valores comunitarios considerados vertebradores de la identidad colectiva (lengua, tradiciones, cultura, etcétera), así como a dar prioridad a su preservación sobre otras consideraciones de carácter cívico o democrático.

El nacionalismo catalán, liderado por CiU, no ha sido el único que ha jugado en las últimas décadas un doble papel de fuerza hegemónica local y árbitro nacional; también lo ha hecho el nacionalismo vasco liderado por el PNV. En cierto sentido, tras la desintegración de la extrema derecha nacionalista de inspiración franquista, los nacionalismos subestatales catalán y vasco han ocupado el espacio que en otros países de Europa monopolizan las formaciones identitarias de ultraderecha, visceralmente nacionalistas en su mayor parte. En esta línea, se puede afirmar que los reflejos y las tentaciones típicas de la derecha populista sociológica se han afirmado y extendido en España a través de los cauces, discursos y reivindicaciones de carácter regionalista, nacionalista subestatal, lingüístico o cultural.

Tanto CiU como el PNV, ambos procedentes del espectro sociológico de la derecha conservadora y clerical, han conseguido crear desde el restablecimiento de la democracia una dinámica identitaria donde la retórica del populismo de derechas -la distinción entre “nosotros” y “ellos” como categorías identitarias excluyentes, enfrentadas y disjuntas; la estigmatización de chivos expiatorios, interiores o exteriores a la sociedad, señalados como los únicos responsables de los problemas “propios”; así como una visión orgánica de las sociedades donde la pluralidad identitaria y las diversidad de opiniones son vistas con desconfianza, cuando no abierta hostilidad- tienen todo su lugar. Esta retórica, hegemónica e incontestada durante mucho tiempo en la política autonómica catalana y (en menor medida) vasca, ha preparado el terreno a la consolidación de una nueva extrema derecha con amplia capacidad de crecimiento, de la que la Plataforma per Catalunya es, por el momento, su expresión más prometedora.

Esta lógica de confrontación y repliegue identitario se ha construido específicamente contra lo español, caracterizado como ajeno y hostil; pero, en el caso catalán, ha acabado prefigurando una actitud social e institucional recelosa y defensiva, excluyente, ante la inmigración, cualquier inmigración. Pese a la querencia oficial por presentar Cataluña como tierra de acogida y del compromiso proclamado en favor de la unidad civil de Cataluña y de la integración entre “los de aquí” y “los de fuera”, el nacionalismo (sin distinción de derechas e izquierdas) ha hecho todo lo posible por conseguir la asimilación/conversión identitaria de los ciudadanos españoles que se desplazan a Cataluña y la marginalización de los catalanes no nacionalistas; una estrategia que podría extenderse a los inmigrantes extranjeros. Este asimilacionismo no se ha desarrollado en nombre de la ciudadanía o de los valores democráticos o cívicos compartidos, sino en nombre de una uniformidad identitaria soñada (la lengua, las tradiciones, los mitos) que sigue siendo imposible de encontrar en una sociedad diversa y dinámica como la catalana.

Nacionalismo y extrema derecha populista: las pasarelas de la identidad

Pueden reconocerse sin dificultad los mecanismos clásicos de las derechas identitarias y populistas en esta maquinaria ideológica tan habitual en medios nacionalistas. Aunque la sociedad catalana es bastante más abierta que la imagen que el nacionalismo se hace de ella, la omnipotencia mediática de las redes del nacionalismo orgánico ha instalado a una parte significativa de la población en una triple lógica de reacción y retorno, de defensa ante la invasión y de depuración social. Reacción contra el progreso y contra la diversidad identitaria y cultural que este implica, porque ellas amenazan la homogeneidad identitaria que el nacionalismo pretende preservar (o más bien construir) en Cataluña. Defensa contra una invasión, porque el nacionalismo presenta desde hace décadas la situación en Cataluña como el resultado de una invasión demográfica a la que hay que plantar cara. Una invasión llevada a cabo por los españoles y por su Estado, presentados como los primeros enemigos exterioresde los catalanes, culpables de todos los males que les afectan. En fin, depuración, fundamentalmente política y simbólica, de los elementos considerados ajenos a la verdadera naturaleza de Cataluña: la lengua española y los símbolos de España son algunos ejemplos; pero también todos los catalanes que se comportan como enemigos interiores porque cuestionan el relato dominante, discrepan de las élites nacionalistas o simplemente rechazan el repliegue identitario que defiende el nacionalismo.

La hegemonía nacionalista y la presencia de todos estos elementos en el debate público autonómico, empleados y asumidos con normalidad por el conjunto de la clase dirigente catalana (incluidos aquellos que se encuadran dentro de las formaciones de la izquierda institucional mayoritaria), han contribuido así a legitimar los discursos antiinmigración y a facilitar la implementación de partidos xenófobos y populistas, pertenecientes a la última generación de la extrema derecha, como la Plataforma per Catalunya. Han convertido en aceptables argumentos y reacciones demagógicas que en cualquier otro sitio habrían sido considerados del todo ajenos a los valores y las bases de un debate cívico y democrático.

El hecho, ya apuntado anteriormente, de que los primeros feudos de PxC hayan sido municipios históricamente muy nacionalistas (Vic es a veces denominada la capital de la Cataluña nacionalista; y PxC se consolidó en un principio en localidades de características sociopolíticas similares de la Cataluña central e interior), refuerza este tesis. Como la refuerza el hecho de que sea en Vic, antiguo bastión carlista, donde la Plataforma es más poderosa: la segunda fuerza de la corporación, con 5 concejales sobre 21, y el 21% de los votos. Una forma simbólica de recordar que la cuna de la derecha populista antiinmigración no está tan lejos de la cuna de la reacción antimoderna y del populismo nacionalista, que son formas anteriores de xenofobia y de comunitarismo.

Hay una coincidencia fundamental entre el discurso identitario del nacionalismo catalán y el de la extrema derecha populista. Basta con cambiar de chivo expiatorio y reemplazar a los españoles que viven a costa de los catalanes y amenazan su identidad, por los musulmanes que vienen a islamizar la sociedad, ocupar los empleos y aprovecharse de los servicios sociales; para que el relato nacionalista se convierta en un discurso antiinmigración alineado con los populismos xenófobos de derecha que triunfan por toda Europa. Esto es lo que han hecho ya varios dirigentes y referentes del nacionalismo orgánico catalán a lo largo de las últimas décadas: la esposa del antiguo presidente autonómico Jordi Pujol,Marta Ferrusola, y el ex líder de ERC y ex presidente del Parlamento autonómico, Heribert Barrera, son quizá los representantes más ilustres -pero ciertamente no los únicos.

Y esto es exactamente lo que ha hecho, de manera sistemática y ya no individual, la Plataforma per Catalunya, con un remarcable éxito en últimas convocatorias electorales que podría aumentar todavía más a medio y largo plazo: al evocar los excesos racistas de diversos líderes nacionalistas, muy respetados entre la clase dirigente catalana, que la extrema derecha antiinmigración ha podido presentarse legítimamente como heredera de la tradición nacionalista catalana y continuadora de sus esfuerzos por preservar la identidad catalana tal y como el nacionalismo la imagina y por construir una Cataluña homogénea y libre -libre de inmigrantes, de hecho.

Conclusiones

Por toda Europa, y en España en particular, los fenómenos populistas de derechas ganan terreno. La aparente diversidad de estos movimientos no debería servir de parapeto para ocultar la llamativa unidad de sus planteamientos. Más allá de las diferencias en lo relativo a las propuestas concretas, las prioridades políticas escogidas por cada formación o incluso el autoposicionamiento ideológico de estas formaciones, frecuentemente engañoso, hay una continuidad esencial entre los tipos de argumentos, los razonamientos y los enfoques de las derechas populistas para afrontar los problemas y los desafíos sociales. Siempre se encuentra en ellos, por ejemplo, una dialéctica de conflicto permanente entre “nosotros” y “ellos” que no puede resolverse, en su imaginario, más que con la erradicación de uno de los dos contendientes.

El hecho de que la línea de fractura sea lingüística, identitaria, religiosa, étnica o cultural tiene una importancia relativa. En ocasiones, la misma formación enfatiza unas u otras en función de la conveniencia política, o se centra en una de ellas por razones de oportunismo y estrategia electoral: la Plataforma per Catalunya es uno de estos casos.

La excusa para la confrontación escogida importa menos que el rechazo a una idea de convivencia, de vivir juntos, y una preferencia más o menos enmascarada por un vivir solos o, como mucho, vivir por encima o separados de aquellos que son señalados como diferentes o extranjeros. Se trata de un rechazo y una apuesta por la exclusión que está en el núcleo de la identidad política populista, y queenfrenta a todas las derechas populistas con la democracia y la política concebidas en un sentido amplio. No como meros procedimientos para la toma de decisiones y la elección periódica de las élites dirigentes, sino como instrumentos para la organización pacífica de la vida en común y la gestión de los conflictos y las oportunidades que esta convivencia plantea en el seno de las sociedades abiertas.

En el fondo, es la arquitectura misma del Estado europeo la que está en el punto de mira, amenazada desde distintos ángulos por el proyecto político de las derechas populistas. Se puede tener la tentación de tratar de manera separada las reivindicaciones que se siguen, e incluso de ceder ante algunas de ellas -sobre todo, aquellas de carácter regionalista o cultural-. Pero el Estado europeo, cívico y laico, social y democrático, es un bloque en el que cada componente sólo tiene sentido junto con todos los demás. Por todo ello, los ataques populistas, independientemente de cuáles sean sus objetivos coyunturales, responden a un mismo peligro para la noción de ciudadanía democrática europea en que se apoyan los estados nacionales de la Unión Europea. Tanto si se trata de ataques dirigidos contra la integración europea en nombre de la soberanía nacional, como si apuntan a las instituciones democráticas en nombre del pueblo. Tanto si cuestionan la integridad territorial de un Estado democrático en nombre del derecho de una comunidad identitaria, real o imaginada, a trazar sus propias fronteras, como si aspiran a combatir la pluralidad (ideológica, cultural, identitaria) de una sociedad abierta y laica mediante fronteras interiores a las que encomendar la protección de una lengua, una cultura, una religión o una idea nacional.

En todos los casos, nos encontramos ante un programa político basado en el rechazo integral a la noción de ciudadanía y la apuesta decidida por el repliegue identitario y la desconfianza hacia el diferente; como tal debería ser tratado por las fuerzas progresistas. La tolerancia y la impasibilidad ante algunas expresiones de este repliegue (las de carácter nacionalista, por ejemplo), facilitan el arraigo de otras (las antiinmigración à la PxC) porque todas debilitan los elementos básicos de la convivencia entre diferentes. Las familias políticas comprometidas con esta noción republicana de la convivencia, la ciudadanía y la pluralidad, en particular aquellas que se reconocen en la izquierda política, deberían tenerlo presente.

Claves de razón prácticanúmero 223, julio/agosto 2012

Juan Antonio Cordero Fuertes (1984) es licenciado en matemáticas e ingeniero de telecomunicaciones por la Universidad Politécnica de Cataluña (UPC), así como diplomado en otros estudios científico-técnicos en la Escuela Politécnica de París. Forma parte de la Junta de Gobierno de Ágora Socialista y es miembro de Impulso Ciudadano. Ha publicado Socialdemocracia Republicana. Hacia una reformulación cívica del socialismo, Montesinos, 2008.