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por JOSÉ DOMINGO —

Han descubierto la sopa de cebolla. Según la última encuesta del Centre d’Estudis d’Opinió, dependiente de la Generalidad, los castellanohablantes son más reacios a votar a favor de la independencia de Cataluña que los catalanohablantes. De todas maneras, los nacionalistas han empezado a trabajar para cambiar ese resultado. Les va el referéndum, consulta o plebiscito en ello. Ya lo dijo Artur Mas en una convención de empresarios en Tarragona: “cuando tengamos una mayoría social que entienda el porqué, ya encontraremos el cómo”.

El porqué lo están fabricando y por eso intentan atenuar posibles reticencias o inquietudes de la comunidad lingüística castellanohablante. El propio Artur Mas en el último debate de política general recordaba que el castellano es también un patrimonio de Cataluña y  Omnium Cultural (vaso comunicante de CiU) afirmaba en la reciente “Declaración de Santa Coloma de Gramanet” que en el nuevo Estado el catalán sería la lengua propia y de cohesión, pero que no se debía olvidar que la lengua castellana es patrimonio cultural del país (por Cataluña). Por cierto, esta declaración se presentó en Santa Coloma para conmemorar que fue en esta ciudad donde se iniciaron a principio de los años ochenta las políticas de inmersión lingüística. No es casual que haya sido esta ciudad la elegida para vestir de largo a Omnium como entidad declaradamente secesionista. Al hilo de esto último ¿por qué asistieron a ese acto la vicepresidenta de Unió, Joana Ortega, y los socialistas Antoni Castells y Joan Ignasi Elena, si sus partidos no son independentistas?

Estas intenciones son tramposas. Dejando de lado la marginación que sufren los castellanohablantes en la escuela pública y concertada catalana y en la administración autonómica, todavía está presente la polémica que desató el presidente del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes (CONCA), Carles Duarte a raíz de considerar injusto que no se pudiese conceder el “Premio Nacional de Cultura” a los escritores catalanes de lengua castellana. ¿Creen que si de verdad se considerara el castellano como patrimonio cultural de Cataluña sería necesario a estas alturas reclamar ese reconocimiento? Lamentablemente, gran parte de la clase política catalana y de las entidades que le dan apoyo marginan, cuando no desprecian profundamente por traidores, a Juan Marsé, a Luis Goytisolo, a Ana María Matute, a Carlos Ruiz Zafón o a Eduardo Mendoza y a tantos otros que utilizan el castellano como lengua de cultura. Partiendo del axioma –equivocado- de que la cultura catalana es aquella que se expresa en catalán, aducen que los escritores que escriben en castellano ya tienen las instituciones españolas para defenderles y homenajearles. Además, como argumento de autoridad, repiten machaconamente en medios de comunicación y foros de opinión, que a los escritores de lengua catalana el Estado español no les reconoce méritos. Esta última afirmación es completamente falsa. Los Premios Nacionales de Cultura que otorga el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte se conceden a cualquier escritor español, con independencia de la lengua en que se exprese. Buena prueba de ello es que, entre los miembros del Jurado de estos Premios se encuentran miembros del Instituto de Estudios Catalanes y de la Real Academia Española, Gallega y Vasca. Es más, repasada la lista de los premiados en el campo de la literatura, encontramos a escritores de lengua catalana -algunos de ellos reconocidos independentistas- como Joan Margarit, Josep Maria Castellet, Joan Perucho, Miquel Batllori, Pere Gimferrer, Lluïsa Cunillé, Emili Teixidor, Albert Miralles, Miquel Desclot y Jordi Sierra i Fabra, por citar algunos.

A la vista de la práctica actual, no hay motivos para esperar a la independencia (a lo mejor no llega nunca) para reconocer en la práctica y en las leyes que el castellano es también patrimonio cultural catalán. Tiene toda la pinta de que estamos ante una más de las muchas manzanas, envenenadas con el gusano de la exclusión, que el nacionalismo da a comer a incautos.