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por JOSÉ DOMINGO —

El presidente de la Generalitat, Artur Mas, al tiempo que anunciaba la convocatoria de una consulta sobre la autodeterminación de Cataluña, señalaba que una de sus prioridades sería trabajar para conseguir «una gran mayoría social» a favor de la secesión. Empieza a recoger sus frutos. Una conocida me confesaba que su hija universitaria que hace poco se desgañitaba al grito de «Yo soy español, español, español…», el pasado 11 de septiembre clamaba por la independencia catalana. Igual de sorprendente es el hecho de que en una charla de bar, un parado de origen andaluz diga que votaría a favor de la independencia para ver si así cambiaban las cosas.
Al igual que los Mossos d’Esquadra se dirigían en castellano al Gobierno catalán (¡eso hace daño!) para expresar su malestar con las políticas de recortes, otros exteriorizan su desesperación amenazando con hacer añicos el tesoro familiar. Les han dado una moneda falsa, el discurso del expolio fiscal de Cataluña –¡ay, cuánto van a dar de sí esos 16.000 millones!– a personas que ni siquiera hacen la declaración de renta por falta de ingresos.
El separatismo ofrece el paraíso independentista al tiempo que difama todo lo que huela a español. La treta le está siendo rentable, queda exento de responsabilidades en la destrucción del tejido industrial, el incremento del desempleo o el deterioro de la sanidad pública. Estos males se presentan como irremediables pero ajenos a ellos, porque el modelo de financiación autonómica perjudica a Cataluña. Un modelo que, por cierto, ha sido aprobado con el beneplácito de los distintos gobiernos catalanes.

¿Pero esa mayoría social es estable? Gran parte de sus nuevos integrantes está en las antípodas del estereotipo nacionalista y les falta conocer las entretelas del engaño que ha urdido el secesionismo. ¿Acaso el cálculo de las balanzas fiscales es inmutable y siempre dará saldo positivo? ¿El resultado será el mismo si disminuye la recaudación, se mantiene el gasto y se financia el déficit a costa de endeudamiento del Estado? ¿Es que las pensiones son sostenibles con las cotizaciones de los trabajadores catalanes? Se sabe que no, y a ello contribuye que empresas como Spanair echen el cierre con 25 millones de euros de deuda con la Seguridad Social.
¿Crecerá El PIB catalán en caso de que lograsen ser independientes de España? Todo lo contrario, bajará en picado. Y otra duda, ¿por qué las protestas contra los peajes sólo se hacen en las autopistas de concesión estatal y nadie se enfada en las de titularidad autonómica, más caras, ni dice nada sobre la previsión de asegurar la concesión durante 25 años más?
La identificación con la nación catalana de muchos de estos que ahora estrenan traje independentista es muy débil, prefieren a David Bisbal que a Joel Joan. Su fe secesionista pasará, pero si no llegamos a tiempo y los separatistas logran su objetivo, que se preparen para llevarse una desilusión cuando descubran que el paraíso prometido no existía. No
es de extrañar que Mas se quiera quitar de encima, a él que no le esperen en el primer Gobierno del Estado catalán.

Publicado en El Mundo el 29 de septiembre de 2012