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Tendría que rebuscar entre antiguos recortes de diario (tarea muy dificultosa) para encontrar la referencia y reseña de un libro importante sobre la historia y la actividad de la tauromaquia en Cataluña.

El propio Maragall advirtió que negar la tradición taurina de Cataluña es desconocer la historia. A pesar de esto, que los activistas anti-taurinos no se han significado por sus conocimientos ni por su respeto ha sido una constante en este largo proceso.

Recuerdo haber oído por la radio, a una portavoz de este movimiento, que los toros los trajeron a Cataluña los inmigrantes andaluces. Aquellas palabras me hirieron y me indignaron.
Yo soy uno de esos inmigrantes andaluces, pero nunca me han gustado los toros, tampoco a nadie de mi familia o de mis amistades; es más, creo que, aunque la presencia de la relación festiva o ritual con los toros sea una realidad mediterránea antigua, muy antigua, el declive histórico en que ha ido cayendo la fiesta tradicional de la lidia, con muerte del toro (a veces incluso con la del torero) es positivo e imparable.

Debo añadir algunas reflexiones que me inspiraron las palabras de la “docta” activista: los andaluces vinimos a Cataluña, en cantidades realmente significativas, a partir de los 50-60; en esas fechas ya nos encontramos con DOS magníficas plazas de toros en activo y construidas muchos años antes. Pero no sólo había DOS plazas en activo; en Barcelona llegaron a funcionar simultáneamente TRES. Además de Las Arenas y de La Monumental, existía una tercera en la Barceloneta.

Poco pudimos aportar los andaluces a esa prolífica actividad taurina; ni estábamos, ni, cuando empezamos a llegar, nuestra economía de pobres inmigrantes podía sufragar espectáculos de ese coste y esa envergadura.

Para más “inri”, conocí que la SEGUNDA plaza más antigua de España es la de Olot; creo que la primera es la de Zamora (o la de Toro, Zamora). Quizá, cuando se construyeron esos hítos de piedra con voluntad de durar, ni existía propiamente la Andalucía actual.

Me pregunto, como elucubración, que algo tendrá que ver con Olot (capital de La Garrotxa), que la vara que los jinetes manejan para conducir, tentar y separar este ganado, se llame garrocha.
Sobre la decisión de prohibir la lidia en Cataluña y sobre el procedimiento para alcanzarla se han publicado suficientes opiniones. Personalmente me hace constatar la hipocresía motivacional, la cobardía del procedimiento y el oportunismo político. Una cruzada añadida a las muchas que van desgastando el aprecio que me inspira la clase política, y muy particularmente, la propia de estas latitudes.

Al tiempo me reafirma en la idea de que la organización autonómica está necesitada de un replanteamiento de base. Se invierten más energías en crear problemas a la ciudadanía que en resolver problemas básicos comunes. Sobran políticos y faltan líderes. Tienen fija la atención en minucias mientras la realidad de la marcha del mundo ni la ven ni la quieren ver.

Creo que la permisividad de los correbous es un indicador de hipocresía, pero aún lo es más justificarlo por razones de maltrato animal; obviamente hay maltrato; pero cualquier veterinario sabe que la vida de un toro es un privilegio comparada con la de una vaca lechera, de una gallina ponedora, de una cerda de cría o de una oca para producir paté.

Ante un examen pormenorizado de la relación del hombre con los animales, nos horrorizaríamos de nosotros mismos; no sólo de la brutalidad en el mundo rural tradicional, sino, sobre todo, de las consecuencias de la frialdad en la producción industrializada, en las capturas sistemáticas y en la experimentación de laboratorio.

Añádase la ocupación y destrucción sistemática de los ámbitos del hábitat natural de las distintas especies, súmese la desnaturalizada relación del hombre con sus mascotas y entonces tendremos el campo de reflexión bastante completo para plantearnos la relación hombre-animal. Dilema que nunca abordaremos mediante la discusión de retazos, por llamativos y castizos que sean, porque en realidad, enfrentar con valentía el núcleo de esta cuestión implica un principio filosófico compartido y abordar nuestro modo de vida y nuestra economía desde las consecuencias de ese principio. Como no estamos dispuestos a ir al grano, nos quedamos con el folklore. Es decir caemos en el comportamiento de los hipócritas y de los satisfechos de haberse conocido.

Desde luego, la gesta de nuestros políticos no ha caminado por el sendero de los valores básicos. También aludía a la cobardía del procedimiento; me refería, en concreto, a la libertad de voto. ¡Qué magníficos y liberales somos!; asegurarse la jugada mediante pactos y compadreos para evitar marcar compromiso de partido y apuntarse el tanto de que a demócratas no nos gana nadie, todo en una sola jugada. ¡A quién quieren engañar!

Finalmente, oportunismo es darle pábulo a una iniciativa popular dirigida y sufragada con subvenciones, presumir de que la acción popular es posible y al mismo tiempo ahondar en la dicotomía Cataluña – España. Debería recordarse y compararse la acogida que se dio en el Parlament a las firmas presentadas solicitando enseñanza también en castellano; claro que, seguramente, aquellas firmas no eran “de los nuestros”.

En fin, ya se sabe, en la política de Cataluña nada es inocente.

Olegario Ortega, Agosto de 2010